NAJI AL ALI,
REFUGIADO PALESTINO Y DIBUJANTE

Aquí os dejamos algunas de las más de 40.000 obras de Naji Al Ali, sin duda, el caricaturista palestino más influyente que se recuerda y añora. Un intelectual que con la misma valentía que condenaba y se rebelaba contra la ocupación israelí, atacaba a los dirigentes árabes, normalmente dibujados con una gran panza (“saben vivir bien”) y sin piernas sobre la tierra, símbolo de que “no respetan las raíces”. Un desconocido le disparó a quemarropa el 22 de julio del 87 en Londres. Tras cinco semanas en coma, falleció pero su trabajo, nombre y mensaje siguen estando presentes en la memoria palestina.
Sus dibujos y en especial su personaje más conocido, Handala, representan a los niños refugiados palestinos. O él a mismo, nacido en el 38 en una aldea árabe de la Galilea y que la creación de Israel en el 48 provocó su Nakba (desastre) individual y colectivo. Como otros muchos palestinos, creció en el campo de refugiados de Ein El Jilwe, en el sur del Líbano. En el 61 en una visita al campo, el escritor y portavoz del Frente Popular de Liberación de Palestina Ghassan Kanafani (posteriormente victima de un coche bomba preparado por el Mossad israelí) vio alguno de los dibujos de Naji y ese mismo año se publicaba su primera caricatura.
Obras de NAJI AL ALI




Christian Poveda
De padres republicanos exiliados de la Guerra Civil Española, Christian nació en Argelia durante la ocupación francesa, para refugiarse en París seis años más tarde, tras el final de la ocupación. Saltó a la fama con un reportaje sobre el Frente Polisario, en el Sahara Occidental. También trató la invasión de la Isla de Grenada por parte de los Estados Unidos y hechos históricos en Argentina, Chile o El Salvador.
Comenzó su trayectoria cineasta en 1977 tratando conflictos así como costumbres y hechos felices en países africanos y en casi toda Iberoamérica. No fue hasta 1990 cuando dejó la fotografía para dedicarse de lleno a los documentales.
Sus últimos tres años de vida los pasó en El Salvador filmando La vida Loca durante 16 meses sobre las bandas criminales de pandilleros, en especial sobre los integrantes de la pandilla (mara) “Barrio 18″.
El documental, un registro al pie del cañón sobre el fenómeno de las bandas, fue presentado en el Festival de Cine de San Sebastián en septiembre de 2008, así como en otros festivales como Morelia, La Habana, San Luis, Helsinki o Gotemburgo.
El 2 de septiembre de 2009, Christian Poveda muere a tiros en la localidad salvadoreña de Tonacatepeque, a unos 16 kilómetros al norte de la capital, donde había estado trabajando en el documental.Fuentes de la Policía Nacional Civil (PNC) han comunicado que han sido detenidas cinco personas relacionadas con su asesinato, cuatro integrantes de una banda juvenil como autores o instigadores y un policía como cómplice. Fuente: Wikipedia
¿Quién mató a Christian Poveda?
Reportaje publicado en la revista Gatopardo
El fotógrafo y documentalista franco-español Christian Poveda murió el 2 de septiembre de 2009. Le dispararon dos veces en el rostro a muy corta distancia. No le robaron nada, algo casi inconcebible en un país como El Salvador. Cuando lo hallaron estaba solo, tirado a tres metros de su Nissan Pathfinder plateada, junto a la sinuosa y solitaria carretera sin asfaltar que une los municipios de Soyapango y Tonacatepeque, en el área metropolitana de San Salvador. Acababa de salir de una colonia llamada La Campanera.
Tras un impase de dos horas por un malentendido con su nombre, a las 5:30 de la tarde la Policía Nacional Civil (PNC) tenía ya la certeza de que la persona asesinada era el director de La vida loca. La noticia tardó poco en propagarse, como si fuera una epidemia, y en cuestión de horas supo encontrar al escritor salvadoreño Horacio Castellanos Moya en su minúsculo apartamento del barrio Sangen-Jaya, en Tokio. Se enteró mientras navegaba en internet, con un titular de la Agencia Efe que dejaba poco margen para las ambigüedades: “Asesinan al fotógrafo Christian Poveda, director de un documental sobre pandillas”. Los 14 husos horarios que separan Japón y El Salvador habían convertido el miércoles en jueves, el hoy en ayer, el presente en pasado. Pero no amortiguaron la conmoción.
Los caminos de Christian y de Horacio se habían cruzado años atrás. Fue Christian quien lo buscó para proponerle que escribiera el prólogo de un libro de retratos sobre pandilleros que tenía pensando editar en México. La idea nunca cuajó, pero la comunicación se mantuvo porque en mente había un proyecto más ambicioso. En febrero de 2008 coordinaron un almuerzo en Madrid, en un restaurante de comida gallega del barrio de Malasaña. Horacio quedó sorprendido por el entusiasmo y por el conocimiento exhaustivo del fenómeno de las maras demostrado por su interlocutor. Resultó una reunión amena, de la que Horacio se despidió con una copia de La vida loca en su bolsa, con un sugestivo ofrecimiento para trabajar juntos y con la impresión de que Christian sabía demasiados nombres y apellidos; demasiados. La relación siguió estrechándose gracias a internet, pero nunca más volvieron a verse.
El asesinato ocurrió un año y siete meses después de aquel encuentro. Aturdido como un boxeador castigado, Horacio apartó los ojos de la laptop y los dirigió hacia su cuaderno de apuntes. Agarró un lápiz y anotó lo primero que se le ocurrió: “El asesinato de Christian Poveda me ha conmocionado. Era evidente que lo terminarían matando, pero exhalaba tanta confianza y entusiasmo que todos creíamos en su invulnerabilidad”.
Era evidente que lo terminarían matando.
***
A Christian lo conocí a mediados de 2008 en un restaurante chino de San Salvador llamado Hunan. Lo cité para una entrevista, y llegó puntual, cargado con su inseparable laptop. Para entonces Christian tenía 53 años, pero parecía más joven. Medía un metro ochenta de estatura, se conservaba bien, proporcionado, y llevaba el pelo en su sitio. Lo singularizaban sus lentes, un grueso anillo en el dedo gordo de la mano derecha y el eterno gesto de seriedad en su rostro, como si le costara sonreír.
—Es que a mí las guerras me siguen por todos lados –dijo con su castellano afrancesado.
La palabra guerra aparece con demasiada frecuencia en su biografía. Nació en Argel en 1955, nieto de unos abuelos que huyeron a Argelia de la Guerra Civil Española e hijo de unos padres que huyeron a Francia de la Guerra de Argelia cuando él tenía 6 años. Su afición por la fotografía está relacionada con la Guerra de Vietnam y con los disturbios del Mayo del 68 francés. Apenas pudo escaparse de la casa, agarró una cámara y marchó a fotografiar guerras en Mauritania, Sierra Leona, Guatemala, El Salvador, Nicaragua, la isla de Granada, Camboya, Irak y Líbano. Con estos antecedentes, no resulta tan extraño que terminara enamorado de la guerra abierta que en Centroamérica libran las pandillas Mara Salvatrucha (o MS-13) y Barrio 18.
La carrera de documentalista la desarrolló de forma paralela a la de fotógrafo. Antes de La vida loca había trabajado en otros 15 documentales con temas tan variados como el toreo, la lucha contra el sida o el ciclismo.
En aquella plática con rollitos de primavera de por medio me mostró fotografías impactantes, un repaso por algunos de los conflictos más sangrientos en el último cuarto de siglo XX. Me impresionaron su memoria y la precisión de los datos con los que enriquecía cada imagen. Así, una foto de unos soldados agazapados a la espera de los suministros de un helicóptero militar guardaba la historia de un operativo antiguerrilla, encabezado por el general Benedicto Lucas, entonces jefe del Estado Mayor guatemalteco, y realizado en febrero de 1982 en un pueblo del departamento de Santa Cruz del Quiché llamado San Juan Costal. Christian estaba consciente de que mil buenas palabras son el complemento perfecto para cualquier imagen.
Aquel día también me dijo que regresó a El Salvador en 2004, dos décadas después de haber cubierto en este país la guerra civil. La elección no fue casual.
—Este país tiene una particularidad: es uno de los más pequeñitos del mundo, pero en lo malo está siempre en el pódium de los tres primeros. En homicidios son los primeros, medalla de oro; en pandillas, ahí van; en consumo de droga, medalla de bronce…
La crítica explícita era una herramienta que usaba con frecuencia, y esto le supuso no pocas discusiones y enemistades. Nueve meses antes de que lo asesinaran dejó plasmada en un foro de internet su teoría acerca de la crítica como instrumento para el crecimiento profesional: “La crítica es imprescindible, y tiene que ser franca y directa, aunque no guste. Pero eso sí, tiene que ser argumentada, honesta y sincera”. Esa manera de ver la profesión hizo que Christian no fuera alguien muy querido entre el gremio de fotógrafos de El Salvador, donde cuesta digerirlas.
—Había muchos que decían que eso de hacer retratos de pandilleros es la cosa más fácil, que ese tal Poveda un par de retratos es todo lo que había hecho –me dijo Edgar Romero, un fotógrafo salvadoreño de 41 años y mirada profunda.
—¿Muchos? –pregunté.
—La prueba está en que su círculo de amistades entre los fotoperiodistas en El Salvador era pequeño a pesar de ser un tipo que vino sin ninguna jactancia y a tratar de enseñar, pero pocos fueron los que lo escucharon.
Edgar Romero era uno de los pocos amigos que Christian tenía en el gremio. Su amistad se empezó a forjar una mañana de noviembre de 2005, en la que coincidieron a los pies de la catedral de San Salvador. Pandilleros del Barrio 18 habían tomado el edificio para protestar por las condiciones en las cárceles. Ese mismo día, en la tarde, Christian se presentó en el Photocafé, el negocio de Edgar Romero, un bar de luces cálidas y música baja que terminó convirtiéndose en su segundo hogar.
—Yo creo que los salvadoreños –escuché a Christian decir otro día– tienen una forma bastante oportunista de funcionar: se preocupan solamente de ellos mismos y nada más, pero no están funcionando de una manera cívica. Cada uno está en su casa y se preocupa de sus cosas. Y claro, cada uno contrata su propia seguridad, y no se piensa como sociedad.
Crítica franca y directa, aunque no guste.
***
Christian concibió La vida loca a finales de 2004, cuando llegó a El Salvador con la idea entre ceja y ceja de documentar el fenómeno de las maras. Confiado en sí mismo y con los conectes adecuados, apuntó alto: se reunió con líderes tanto de la Mara Salvatrucha como del Barrio 18 y logró los permisos para realizar sesiones fotográficas y entrevistas personales a pandilleros en las cárceles y fuera de ellas.
La semilla para la película estaba sembrada, y comenzó a germinar en enero de 2006, cuando abandonó París para instalarse de forma definitiva en Centroamérica. Como gran cocinero que era, se trajo incluso el antiquísimo libro de recetas heredado de su abuela.
Tras la buena experiencia con las fotografías, el objetivo ahora era la película. Se lo planteó de nuevo a los cabecillas de las dos pandillas, pero en esta ocasión solo el Barrio 18 aceptó la propuesta. Se acordó que la filmación sería en el reparto La Campanera, Soyapango, una populosa colonia de clase media-baja ubicada a 20 minutos en vehículo desde el centro de San Salvador. Territorio del Barrio.
Uno de los motores narrativos es la panadería con la que los mareros tratan de demostrar que son capaces de sostener un proyecto productivo. Esa panadería es parte de esos ofrecimientos para lograr el sí del Barrio. Los hornos y todo el instrumental los tuvo que pagar Christian. Y el alquiler del local. Y la harina. Y la levadura. Y las piñatas. Y los abogados. Y los tratamientos médicos.
Durante el tiempo que funcionó, uno de los gerentes de la panadería fue un pandillero conocido como Moreno. Es quizás con el que más relación creó de entre todos los personajes del documental.
El 29 de agosto de 2006, Christian llegó poco antes de las 9 de la mañana a la colonia Bella Vista, en Soyapango, a unos 10 minutos en carro de La Campanera. Entró en el mesón y cámara en mano se dirigió al cuarto en el que dormía Moreno. Ese martes cumplía 26 años y Christian tenía algo en mente.
—Puta, hijoeputa, mirá cómo te veo –dijo, fiel a su convicción de que los insultos disimulaban su acento francés.
—¡Puta! ¡Come mierda! Dejá dormir, andate a la mierda –respondió la voz desde la cama.
—Ah, qué culero. Vámonos, vámonos.
No insistió. Cerró la puerta. Moreno dio medio vuelta y al poco se durmió. Moreno es José Luis Rosales, pandillero de la 18 desde los 12 años, amigo de Christian y uno de los personajes que más peso tienen en La vida loca. Tiene la piel clara, un bigote tímido en su rostro y por el cuello y el brazo derecho se le asoman tatuajes.
Pasada una hora, Christian regresó y comenzó a golpear de nuevo la puerta. Lo hizo con tanta fuerza que la destrabó. Entró, y le tiró un vaso con agua.
—Levantate, que te vamos a celebrar el cumpleaños.
—Hijoeputa, vos solo casaca sos.
El ofrecimiento iba en serio. Christian había ido a comprar una bolsada de carne, seis libras de arroz, tomates, cebolla y cilantro. También trajo dos garrafones de vodka Troika y cervezas para una tribu entera.
—Y ahorita llamá a los homeboys.
—¿Y qué vas a hacer?
—Celebrar, y lo vamos a poner en la película.
Durante la filmación Christian pagó el alquiler del cuarto en la Bella Vista para evitar el acoso policial en La Campanera, le compró un teléfono celular, lo llevaba a restaurantes de la exclusiva colonia Escalón de la capital.
En octubre de 2007, encarcelaron a Moreno por homicidio agravado y extorsión, pero no dejaron de verse. Un día antes de su asesinato, Christian gestionó ante las autoridades de Centros Penales una visita en la cárcel de Quezaltepeque. Moreno la aceptó por escrito pocas horas antes de que asesinaran a su amigo:
“Quezaltepeque 2 de septiembre de 2009. por este medio ago constar que yo Jose Luis Rosales estoy de acuerdo para seguir con la segunda etapa de el documental de Crístian el periodista. yo estoy dispuesto a trabajar con el F. Jose luis Rosales.”
Un año antes, en aquel restaurante chino, había preguntado a Christian por qué tanto esfuerzo y tiempo en retratar este mundo.
—Porque a mí me interesa el trabajo sobre la marginación social –dijo–. Y las maras son un ejemplo universal para demostrar los efectos que generan la marginación y las malas políticas sociales.
—¿Y qué tipo de relación mantienes con los personajes de tu documental?
—Estoy en contacto permanente con ellos. Ahora que salgamos de esta entrevista me voy a ir a ver a algunos. Tú no puedes estar dos años con gente a diario y no establecer una relación. Ellos son lo que son, yo no me involucro en sus cosas, pero de ciertos personajes de mi película, claro, estoy siempre al tanto de si les pasó algo o si los encarcelan, si siguen vivos… Ese tipo de cosas.
Otros acuerdos cruciales con el Barrio 18 para la filmación de la película eran, en primer lugar, que el documental solo se iba a exhibir en el extranjero; en segundo, que iba a mostrar la vida de los pandilleros que ya no querían andar en la violencia, y en tercero, que una vez la película se hubiera exhibido en cines fuera del país, Christian entregaría una copia de buena calidad para que el Barrio la pudiera vender en la calle como dvd pirata.
Evitar que llegara al mercado negro se convirtió en una obsesión para Christian, al punto que, salvo excepciones como Horacio y otras personas de confianza, no prestaba copias de la película a nadie. “Le tengo tanto miedo a la piratería que me asusta saber que hay algunas copias paseándose”, escribió alarmado a finales de 2008. Pero su celo lo más que logró fue retardar algunos meses lo inevitable. En agosto, unas semanas antes de su asesinato, el dvd de La vida loca se vendía como pan caliente en los puestos del centro de San Salvador.
En los 16 meses de filmación había hecho amistad con varios de sus personajes pero, transcurridos dos años casi, todos estaban muertos o encarcelados o vivían en otras colonias. La Campanera a la que llegó en la tarde del 2 de septiembre no era la misma en la que él podía dejar el carro con las puertas abiertas dos años atrás. Él lo sabía mejor que nadie. ¿Por qué entonces alguien sabedor de que algo había fallado en su acuerdo con el Barrio 18 y que conocía como pocos del funcionamiento interno de las maras se metió en la boca del lobo?
***
La última vez que vi a Christian fue dos meses antes de que lo asesinaran. La Alianza Francesa de San Salvador organizó el 30 de junio un debate titulado “Violencia juvenil, ¿qué soluciones?”, y él era uno de los ponentes. Llegó con su mejor sonrisa y sin recibir ni un dólar a cambio. La charla resultó un evento íntimo, con no más de 30 personas en el público. Recuerdo que al terminar se acercó a pedirme el teléfono para hacer una llamada a su pareja.
En sus intervenciones, Christian explicitó su postura personal sobre las maras: las políticas represivas implementadas por la derecha en El Salvador fueron un fracaso, hay sectores de la sociedad que se lucran de la extrema violencia que carcome al país, los medios de comunicación locales tienen una cuota de responsabilidad importante, y la única solución a corto plazo es que el Gobierno se siente a negociar con los pandilleros y fomente las condiciones para que se dé una tregua entre la Mara Salvatrucha y el Barrio 18.
La vida loca está en sintonía con ese planteamiento que dibuja a los miembros de pandillas más como víctimas que como victimarios. En el documental los represores son la policía y el ejército. Los pandilleros son una joven que intenta encontrar a su madre que la abandonó a los seis días de nacida, son una madre que amamanta a su hijo, son un niño de la calle agradecido con la familia que encontró en el Barrio. Son jóvenes que quieren ganarse la vida amasando pan, pero que son perseguidos. En 90 minutos aparecen pandilleros que se divierten, bromean, bailan, trabajan, se drogan, se convierten al cristianismo o se tatúan, pero no hay ni un solo plano de alguno armado, como si las armas fueran algo ajeno a las maras. Ante esta selección de la realidad que realizó Christian, no es de extrañar que la crítica de cine publicada por el diario francés Libération concluyera con esta frase: “Ha podido dibujar los contornos de los personajes, por lo que ahora es imposible negarles la condición de las víctimas”.
Un aporte fundamental sobre el fenómeno de las maras que hace el documental no está en un primer plano de lectura. La pandilla que retrata va más allá del estereotipo del grupo de jóvenes tatuados con predisposición al delito y a la violencia. Christian logra mostrar la complejidad del fenómeno, y es algo que se ve en los velorios. En el último que se muestra, el de la pandillera tuerta, los tatuados son minoría. Lo que abundan son rostros imberbes, adultos mayores, niños. Todo un entramado social. Con su cámara Christian dejó sin argumentos a los que opinan que las pandillas son un problema estrictamente delincuencial y no social.
Unas semanas antes de que se estrenara en septiembre de 2008 en el Festival Internacional de Cine de Donostia, en el País Vasco, pude preguntarle qué opinaba él sobre su obra, y esta fue su respuesta:
—La película es, como decimos en Francia, à double tranchant, a doble corte. Realmente yo he compartido la vida de estos locos, y hay algunos que los ves vivir… y los ves vivir y los ves vivir. Y es puro documental, no es como un actor que muere y ya sabes que lo vas a ver vivo en otra película. Aquí mueren de verdad. Y eso es algo impresionante y que le da fuerza a la película, pero al mismo tiempo asusta mucho.
Hoy todo son elogios, pero hasta el día del asesinato lo cierto es que La vida loca no estaba funcionando. Pasó sin pena ni gloria por los festivales en los que se proyectó, y su primer contacto con la gran pantalla fue una decepción. El estreno comercial en España fue en diciembre de 2008, pero solo se proyectó en cuatro salas: dos de Madrid y dos de Barcelona.
—La película tuvo poca repercusión –me dijo Luis Ángel Bellaba, productor y distribuidor en España–. Fue tan leal con el tema de su película, las maras y con el dolor que representa esa vida, que filmó exactamente eso. Y lo describió tan bien que lo hizo a lo mejor muy duro. La gente hoy no está acostumbrada a ese tipo de películas.
Para el 30 de septiembre de 2009 estaba previsto el estreno en Francia, la tabla de salvación. Además de director, Christian era coproductor y había incluso vendido su casa en Francia para financiar el documental. Estaba también convencido de que la viabilidad de su próximo proyecto dependía de que La vida loca obtuviera unos números aceptables. Christian quería dirigir una película sobre las maras, pero esta vez de ficción. El guión lo iba escribir Horacio.
Quizá por eso recibió con los brazos abiertos la propuesta que le hizo la revista francesa Elle de publicar un extenso reportaje sobre las pandilleras protagonistas justo la semana del estreno del documental en Francia. Una publicidad invaluable.
—Él quería hablar con nosotros –me dijo Moreno.
A Christian el Barrio 18 lo citó en La Campanera. Y se la jugó porque ese encuentro iba a tener una doble función: por un lado, allanar el camino antes de la visita del equipo de Elle; y por otro, explicar al nuevo liderazgo local de la pandilla que él no era el responsable de que el dvd se estuviera vendiendo en las calles.
El miércoles 2 de septiembre Christian madrugó como de costumbre, y se sentó frente a su computadora. Navegó durante al menos dos horas, con constantes ingresos a Facebook, el portal al que dedicaba tanto tiempo en los últimos meses. De la casa salió con una camisa azul oscura para ser entrevistado por la inminente inauguración de una exposición fotográfica en el Photocafé que él había curado. Regresó pasadas las 10. A mediodía volvió a subirse en su Nissan Pathfinder plateada y se dirigió hacia el reparto La Campanera.
La revista Elle abortó su reportaje, pero Christian logró sin pretenderlo lo que se había propuesto: publicidad invaluable para La vida loca. El documental se estrenó el 30 de septiembre en Francia con éxito de crítica y de público, se reestrenó en España un mes después y con los años quizá se convierta en un documental de culto.
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El Buró Federal de Investigaciones (FBI) de Estados Unidos estima que el Barrio 18 y la Mara Salvatrucha suman unos 24.000 pandilleros activos repartidos en 46 de los 50 estados de la Unión americana. Están tan preocupados por esa cifra que a finales de 2004 el FBI creó una unidad especial para monitorear y desarticular ambos grupos. La PNC de El Salvador, un país que tiene 0.2% del tamaño de Estados Unidos y su población representa 2%, tiene fichados en sus archivos a 17.000 pandilleros.
—¿Y las pandillas siguen creciendo?
—Sí, en mi opinión, sí.
—¿Estamos peor que nunca?
—Así es. Y el año pasado estábamos peor que nunca, y el anterior. Y en el año 2000 estábamos peor que nunca.
Responde Augusto Cotto, el subdirector de Investigaciones de la PNC. Por su cargo, él es el responsable de la investigación policial del asesinato. Está convencido de que el Barrio 18 le cobró a Christian desavenencias surgidas tras el rodaje, aunque no sabe –o no quiere– especificar cuáles. Cotto incluso señala quién es el pandillero que desde un penal dio la orden de ejecutarlo: Nelson Lazo Rivera, El Molleja. El papel que la policía le atribuye es el de encargado de tribu para las colonias de la zona norte y poniente de Soyapango, donde se ubica La Campanera.
El Molleja y Christian son viejos conocidos. Se vieron por primera vez a finales de 2004, durante el trabajo fotográfico que realizó antes del documental. El Molleja posó para Christian. Tiene una mirada triste y enigmática, y su cuerpo parece lienzo. En su cara hay más carne tatuada que sin tatuar. Destacan un gran “666” en la frente, la palabra “SUR” en su nariz, varios “18” y “13” –las dos pandillas en guerra respetan el 13 porque los identifica como sureños de Los Ángeles– de distintos tamaños y una intimidante inscripción sobre los ojos: “GAME” en el derecho, “OVER” en el izquierdo.
El joven al que la policía presentó como el autor intelectual del asesinato era como un imán para Christian. En su cuenta de Facebook, en el recuadrito donde debía ir la fotografía del fotoperiodista franco-español, lo que aparecía era el rostro tatuado de El Molleja. Además, y a pesar de no residir en el reparto La Campanera, no desaprovechó la oportunidad de incluirlo en La vida loca. Se le ve en uno de los velorios, junto al ataúd de uno de los pandilleros asesinados. Y más adelante, como uno de los detenidos tras una redada masiva, aparece sentado entre docenas de dieciocheros en la presentación ante los medios de comunicación. Christian regaló a El Molleja dos planos, cinco segundos de gloria.
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Sonaba el Canon en re mayor de Johann Pachelbel cuando a las 3 de la tarde del 9 de septiembre entré a la iglesia. A esa hora se cumplía una semana exacta desde el asesinato. Christian era un ateo confeso, pero la familia tuvo a bien organizar una misa católica para que amigos y colegas pudieran honrar su memoria y despedirse. Esa era la idea. Madre y hermana, llegadas desde España, estaban sentadas en primera fila, cerca de la urna con las cenizas, una sencilla caja de madera dentro de una pequeña corona de flores.
La iglesia de Santa Elena forma parte del complejo funerario privado en el que incineraron a Christian. Es de reciente construcción, de paredes blancas e impecables, con capacidad para 450 personas sentadas y bien iluminada gracias a la luz que entra por las ventanas y por la ciclópea cristalera que hay detrás del altar. La decoración es parca: una gran cruz de madera, estatuas, un cuadro enorme de San Escrivá de Balaguer, la bandera de El Salvador. Lo que más llamó mi atención fue el aire acondicionado.
Callados los violines, la misa inició con apenas un tercio de las bancas ocupadas y una veintena de fotógrafos y camarógrafos enfocando y revoloteando como avispas alteradas alrededor de la urna. En sus discursos, la hermana de Christian, María José, rogó porque su muerte sirva para cambiar El Salvador; y Aída Santos, una ex jueza que aparece en La vida loca, dijo que la paz en el país no se logrará entre resentimientos y egoísmos. Mientras se pronunciaban estas palabras, el avispero se peleaba por la mejor toma: ocuparon los pasillos, se sentaron junto a la urna con las cenizas, se aproximaron a la madre para fotografiarla… Esa fue la despedida del gremio a pesar de que un día antes se hizo circular una solicitud expresa: “Todos y todas sabemos el respeto con que Christian asumía el trabajo periodístico y, por lo tanto, en un momento tan duro como este, queremos ofrecer ese mismo respeto a su memoria y a su familia”.
En los días siguientes, una fracción de las cenizas voló hacia Alicante, la tierra de la que huyeron sus abuelos en 1939 y a la que regresó su madre. El resto, la porción mayor, por deseo del propio Christian se esparció en tres lugares distintos de El Salvador, el país que quiso tanto y por el que tanto dio.
PANDILLAS Y MARAS
Para Manfred Liebel, desde los años 60 grupos juveniles como “Los Sacaojos”, “Los Comemuertos” o los “Vatos Locos” se extienden por los barrios marginales de las grandes ciudades de América Latina. Según el país o la región, los grupos se denominan pandillas, bandas, galladas, clikas, parches, maras, barras… Y a sí mismos se llaman pandilleros, chavos, bandas, cholos, mareros, chapulines…
Orígenes históricos de “Las Maras” de El Salvador
La historia de las pandillas callejeras Hispanas extienden su origen a mediados de los años 40, a raíz de un conflicto limítrofe entre Estados Unidos y México, que terminó con la guerra de 1846.
En este período se anexan a los Estados Unidos varios territorios que habían pertenecido a México. Estos territorios hoy comprenden: California, Arizona, Nuevo México y Texas.
El Tratado de Hidalgo puso fin a la guerra, estableciendo los derechos de los ciudadanos mexicanos, que pasaron a formar parte de la población estadounidense.
Durante aquella época muchas personas mexicanas quedaron dentro de un país impropio y no lograron asimilar la cultura de los Estados Unidos. Al sentirse despreciados, por no pertenecer a la nueva nación que conquistó sus tierras, produjo en los colonos una búsqueda de sus raíces, reuniéndose en pequeños pueblos que llamaron “barrio” (sinónimo de vecindad), movidos por la solidaridad de raza, cultura, religión, idioma y comida.
Las pandillas tradicionales se formaron inicialmente para formar la unidad racial de la cultura y como una alternativa defensiva contra la marginación y el racismo del que fueron objeto los hispanos, factores claves en la historia para el desarrollo de las pandillas callejeras.
La historia de “Las maras” salvadoreñas comienza en la década de los 80, cuando El Salvador estaba inmerso en una sangrienta guerra civil. En ese contexto, miles de salvadoreños huyeron a los Estados Unidos. Es allí que, bajo el ejemplo de las pandillas estadounidenses de los Crips y los Bloods, se formaron la Mara Salvatrucha y el Barrio 18. Luego de algunos años, varios de estos delincuentes fueron deportados a su país de origen, El Salvador, y allí continuaron sus acciones.
Hoy día, su presencia no sólo se siente en El Salvador, sino también en México, Honduras, Guatemala, Canadá y Estados Unidos. De acuerdo al FBI, actualmente 24 mil pandilleros integran la “Mara Salvatrucha” y el “Barrio 18” en 46 estados del país del norte.
A mediados de la década de 1980, grupos de latinoamericanos, principalmente mexicanos, formaron la Mara 18, cuyo nombre proviene de la Calle 18 de la ciudad californiana de Los Ángeles.
Algunos de sus miembros se tatúan el número “666″, 6 + 6 + 6 = 18 que bíblicamente es conocido como el número de la bestia. También utilizan los números en romano XVIII en alusión al número 18. Una de las versiones de su formación dice que nacieron en Los Ángeles en torno a disputas territoriales.
Tras el término de la guerra civil en 1992, muchos salvadoreños fueron deportados de Estados Unidos. Especialmente los pandilleros. En El Salvador los pandilleros deportados comenzaron a formar “clicas” o células de la Mara 18 con jóvenes en barriadas pobres, desplazando a las antiguas pandillas locales.
El control del territorio que ejerce la Mara 18 es eficiente, prácticamente toda la población que habita en sus “Zonas de control” siente de manera permanente su presencia y está bajo su mando e influencia. Además cobran impuestos, irónicamente, con más eficiencia que el mismo gobierno. Los medios de comunicación han llamado la atención mucho el impuesto que las Maras cobran a todos los negocios, pequeños, medianos y algunos grandes, que están ubicados en sus “zonas de control”. Todos han de pagarles los impuestos de guerra con regularidad.
Hay lugares donde la Mara 18 decreta el “Estado de Sitio”. Obligan a los habitantes a estar en sus casas durante las noches y nadie puede salir a las calles después de ciertas horas. Pero además la Mara 18 ha creado su propia “cultura”, que se expresa en su lenguaje propio de palabras y señas. Generan valores (que podríamos tipificar de anti-valores) y los inculcan dentro de sus miembros. Con esto crean códigos propios de conducta. Cuentan también con armas e infraestructura. Nadie sabe con precisión cuantas armas y de que tipo están en posesión de ellos, pero son suficientes para mantener el control del territorio y desarrollar múltiples acciones delictivas.
Asimismo comparten una red de comunicación internacional con otras pandillas y grupos similares de la región y de Estados Unidos. A partir de estas redes de comunicación obtienen recursos, asesoramiento e información, por lo que resulta muy complicado luchar contra esos pequeños estados ubicados dentro de los países.
REPORTAJE: UNA PROFESIÓN DE RIESGO
Siempre demasiado cerca
Las muertes de los periodistas Chris Hondros y Tim Hetherington sacuden a una profesión que ha encontrado en las revueltas árabes la oportunidad de hacer el trabajo de siempre
RAMÓN LOBO 01/05/2011
Cada generación de periodistas de guerra tiene sus muertos. A menudo, son los mejores: Gerda Taro (España), Enrie Pyle (Pacífico), Robert Capa (Indochina), David Seymour (Egipto), Kurk Schork, Miguel Gil (Sierra Leona)… Muertes que impactan en los demás porque recuerdan que no existen los inmortales, que las guerras destruyen, hieren, mutilan. Donde caen soldados y milicianos, caen periodistas. Las muertes de Tim Hetherington y Chris Hondros, el pasado 20 de abril en Misrata, han conmocionado a una profesión sacudida por la crisis, la incertidumbre, la desorientación y la escasez publicitaria. Se acabaron los tiempos de las grandes coberturas sin límite de gasto; ahora se cuenta cada euro como si fuera el último de un manantial que se seca.
Hetherington, 40 años, no tenía nada que demostrar: venía de ganar en Sundance con el documental ‘Restrepo’
Hondros pertenecía a la generación que construyó su reputación en las guerras de Irak y Afganistán
La primavera árabe es la primavera del periodismo de guerra. Tras dos conflictos terribles, Irak y Afganistán, donde no ha sido posible moverse libremente porque un bando no quería -el bando que secuestraba y degollaba-, ha regresado la guerra de siempre, la de Bosnia, la de Líbano, en la que la parte débil acoge a los reporteros extranjeros porque quieren que su historia se conozca; esa es, a veces, su única munición para ganar la guerra.
Hetherington, 40 años, no tenía nada que demostrar: venía de ganar en Sundance el premio al mejor documental estadounidense con Restrepo, realizado junto a Sebastian Junger, 49 años, que lo acaba de plasmar en un libro: Guerra (Crítica).
Libia no era un viaje como otros, era el inicio de un nuevo proyecto con Junger, un trabajo en profundidad que les iba a ocupar meses. Llegó a Bengasi y buscó a Jon Lee Anderson, un viejo amigo, para pedirle consejo. No le gustó el ambiente, el caos que reinaba en la capital rebelde y a los cuatro días decidió regresar a casa. “El asunto estaba muy loco”, asegura Anderson en conversación telefónica. Pero Hetherington no duró mucho en Nueva York. A las 48 horas tomó un avión y volvió a El Cairo. “Decía que un bichito le comía por dentro, que las guerras se retroalimentan con las imágenes y que él quería trabajar con detenimiento sobre esto”, cuenta Lee.
Jon Lee le conocía bien, de la guerra de Liberia, una de las más crueles de África con Sierra Leona y Congo. “Tim era poco inglés. Había estudiado en Oxford, pero no se le notaba. Creo que la culpa la tenía Nueva York, y África. Era un hombre muy amable, un pana, como dicen en América Latina. Pese al éxito de Restrepo no tenía demasiado dinero. A Libia llegó como freelance (por libre) sin ninguna garantía. Era un aventurero que se había humanizado. La última noche que nos vimos en El Cairo hablamos de cosas personales. Me contó su plan de casarse con su novia somalí”.
“La amígdala puede procesar una señal auditiva en 15 milisegundos, el tiempo que tardaría una bala en recorrer unos nueve metros. La amígdala es rápida, pero muy limitada: solo puede provocar un reflejo y esperar a que el pensamiento consciente lo recoja. Es lo que se conoce como reacción de alarma e incluye movimientos de protección”, escribe Junger en Guerra.
“Tenía que haber ido con él a Misrata. No lo hice por un problema personal [su mujer estaba embarazada]. Teníamos un nuevo proyecto, queríamos hacer un trabajo que nos iba a ocupar hasta otoño. Ahora me siento triste y estoy desorientado”, explica Junger desde Nueva York. “Existe una progresión vital natural en la que el reportero necesita trasladar su trabajo a los libros y a los documentales. Con el paso de los años no tienes la misma energía; cuando eres joven y tienes esa energía careces de la sabiduría necesaria”.
Los periodistas que van a guerras son supersticiosos, como los toreros. Miman los detalles esenciales: la misma agencia de viajes, la misma maleta, la misma ropa a la ida y a la vuelta, no cambiar nunca de conductor en mitad de la misión, no permitir que le saquen fotografías…
A Hetherington le generó inseguridad viajar a Libia sin su amigo, su compadre, Sebastian Junger. Cinco meses juntos en el valle de Korengal, el valle de la muerte, hermanan: cinco viajes entre junio de 2007 y junio de 2008 empotrados en la segunda sección de la compañía Batalla: 150 hombres que libraban la quinta parte de los enfrentamientos de la OTAN en Afganistán. Sin Junger, Tim se sintió huérfano. Le animó a regresar a Libia saber que su amigo Chris Hondros, 41 años, el experto en guerras de la agencia Getty, se encontraba de camino o a punto de viajar con destino a Misrata.
Hondros, como Hetherington, pertenecía a la generación de las guerras de Irak y Afganistán, fotógrafos que han construido sus reputaciones en los últimos 10 años. Es la generación que comienza a trabajar en Kosovo, en 1999, o tras el 11-S.
“Lo ocurrido en Misrata me recuerda a lo que pasó con Kurt Schork y Miguel Gil en 1999. También eran dos de los mejores y sus muertes tuvieron un hondo efecto en sus amigos, la generación criada en las guerras de los Balcanes, sobre todo en Bosnia. Cuando sucede una desgracia así, los periodistas se plantean si merece la pena seguir. Se trata de una decisión personal”, asegura Santiago Lyon, jefe de fotografía de Associated Press y veterano de Bosnia.
“La amígdala no necesita más que una sola experiencia negativa para decidir que algo constituye una amenaza, y después de un tiroteo, todos los hombres de la sección habrán aprendido a reaccionar al chasquido de las balas y a ignorar los sonidos mucho más fuertes de los hombres que hay a su lado devolviendo fuego”, asegura Junger en Guerra.
Hondros era un fotógrafo valiente. Siempre demasiado cerca, como Goran Tomasevic, 42 años, de la agencia Reuters. “La mañana del día en el que murió, Chris entró en un edificio ocupado por soldados de Gadafi pegado a una unidad rebelde que trataba de tomarlo. Si observas esas fotos”, dice Lyon, “te das cuenta de lo cerca que estaba de la acción, más cerca imposible. Ese es el trabajo: meterse en situaciones peligrosas y salir de ellas, pero no funciona”. El miércoles, una semana después de la muerte de Hondros, se celebró en Brooklyn su funeral. Acudieron más de mil personas. Entre ellas, su novia, con quien se iba a casar en esa misma iglesia en agosto.
Robert Capa, el fotoperiodista de guerra por excelencia, decía: “Si tu foto no es suficientemente buena, es que no estás suficientemente cerca”. Capa no solo se refería a la distancia física, también a la mental y emocional.
Enrique Meneses, 81 años, autor de las célebres fotos de Fidel Castro y el Che Guevara en Sierra Maestra, ha pasado parte de su vida coqueteando con esa cercanía. Meneses sostiene que “el fotoperiodismo es contar una historia con una cámara; cómo vive el soldado, cómo se cansa, cómo se deprime”. “Para contar una guerra hay que estar allí, no en la frontera viendo pasar refugiados. Libia está lleno de gente joven, de freelance que se buscan la vida, que quieren estar donde se encuentra la acción, persiguiendo la foto que puede dar la vuelta al mundo”.
“La mayoría de los tiroteos se desarrolla con tanta rapidez que los actos de valentía o cobardía son prácticamente espontáneos. Un soldado puede vivir el resto de su vida lamentándose por una decisión que ni siquiera recuerda haber tomado; puede recibir una medalla por hacer algo que había acabado antes incluso de saber que lo estaba haciendo”. (Junger, Guerra).
Cada generación tiene sus muertos y sus fotos-símbolo. Sucede con la más importante, la de Vietnam. Aquella fue una guerra tan bien narrada y fotografiada que EE UU la perdió tras perder el apoyo de su opinión pública. Vietnam esconde miles de tragedias: gas naranja, napalm, May Lai. Para los fotoperiodistas de aquella generación, a la que pertenece Manu Leguineche, hay una fecha maldita: 10 de febrero de 1971. Cuatro de los mejores fotógrafos, Henri Huet (43 años), de AP; Larry Burrows (44), de Life; Kent Potter, 23 de UPI, y Kaisaburo Shimamoto (34), de Newsweek, perdieron la vida cuando su helicóptero se extravió y fue abatido.
Sudáfrica fue otra escuela de excelentes fotoperiodistas: produjo el Club del Bang Bang. Cuatro fotógrafos -Greg Marinovich, João Silva, Kevin Carter y Ken Ken Oosterbroek- crecieron como reporteros y personas en la lucha contra el apartheid. Dos de ellos están muertos. A Oosterbroek lo mató una bala de francotirador en 1994 y a Carter, autor de la foto de la niña sudanesa desmayada sobre una tierra yerma con un buitre detrás, lo mató su desgana por sobrevivir. Marinovich resultó herido cuatro veces en su carrera; Silva perdió sus piernas en octubre en Afganistán.
“Yo era el tercer hombre en la línea, y de repente puse mi pie quizá un poco más a la izquierda o un poco más a la derecha y bam”, explicaba Silva en el programa Fresh Air, de Terry Gross, desde el centro médico Walter Reed Army, donde aprende a caminar con prótesis. “Básicamente, escuché un sonido metálico, ¡bang!, y salí despedido. Mi reacción inicial fue pedir ayuda a los que estaban cerca, también aturdidos por la explosión, pero me agarraron con fuerza y me sacaron de la zona de muerte”.
La emisora estadounidense PBS (Public Broadcasting System) contó, en un programa emitido tras las muertes de Tim y Chris en Misrata, que Silva siguió tomando fotografías mientras le evacuaban y que le pidió a su compañera del The New York Times, Carlotta Gall, que le prestara el teléfono satélite. “Llamé a mi mujer. Le dije: escucha, he visto cómo mis piernas se han ido, pero creo que voy a estar bien. Creo que voy a sobrevivir”.
“Por alguna razón, fue entonces cuando me di cuenta de lo fácil que es pasar de los vivos a los muertos: un día te enteras que han matado a alguien en Las Vegas, y al día siguiente tú eres ese muerto para una tercera persona”. (Junger en Guerra).
Emilio Morenatti trabaja en Associated Press. Sus compañeros le destacan por su exquisita calidad. “Sabes que es una foto de Morenatti nada más verla; tienen sello propio”, dice uno de ellos. Emilio tuvo más suerte que João Silva. Cuando viajaba en agosto de 2009 empotrado con las tropas estadounidenses en Kandahar, su vehículo pisó una mina anticarro. Todos los que iban dentro resultaron heridos. Él perdió la pierna izquierda por debajo de la rodilla. Tras una larga rehabilitación, también en el Walter Reed (quería estar con los soldados que habían pasado por lo mismo que él), ha vuelto al trabajo: Haití, Egipto, Túnez, Libia.
“Cuando te llega una noticia como la de Tim y Chris, lo primero que piensas es que no puede ser real. Si algo así sucede a los mejores, a los más experimentados, significa que nadie está a salvo. He visto a gente herida a mi lado y después he sido yo el herido. No es la experiencia lo que te protege, te protege la buena o mala suerte. Cuando estás en la primera línea del frente, como estaban ellos, es necesaria una mayor cantidad de suerte”.
A Morenatti no le preocupa el futuro de la profesión: “Al final, siempre son los mismos. La experiencia es la que te permite fotografiar mejor. No me preocupa si son de plantilla o freelance, lo que me preocupa es no hay nadie en Siria, que dependemos de los sirios que colocan en Internet vídeos tomados con sus teléfonos. No me da miedo el cambio. Empecé hace 25 años y entonces había personas que se resistían al paso del blanco y negro al color; después de la fotografía analógica a la digital. Siempre habrá alguien dispuesto a pagar por fotografías de alta calidad”.
En una entrevista, hace años, Silva definió con inteligencia y emoción la esencia del oficio: “Tengo esta fascinación, la de ser testigo de primera mano de la historia. Siempre quise mostrar la realidad de una zona de guerra a aquellos que son lo suficientemente afortunados de no vivir las realidades de las zonas de guerra. Nosotros vamos allí y nos exponemos creyendo que nuestro trabajo tiene un impacto en la sociedad”.