Historias
BALTHAZAR RUZINGA, REFUGIADO RUANDÉS
Balthazar Ruzinga apenas tenía edad cuando se puso a caminar junto a otros cuatro millones de personas. Dejaban atrás un país con 26 mil km cuadrados de cementerio en busca de una frontera próxima y segura. Los ojos de Balthazar habían visto lo que ningún ser humano debería haber visto jamás. Niños rematando con el canto de una piedra a otros niños, maestros matando a sus alumnos, curas condenando a sus feligreses y vecinos eliminando a otros vecinos.
Y Balthazar era una pieza más del genocidio ruandés. Tuvo que salir a la carrera y con lo puesto. Sin familia. Escondido bajo un cúmulo de cadáveres sin identificar. Tras unas cuantas semanas de caminata llegaría al campo de refugiados de Mugunga, en la R. D. del Congo, con las ropas sucias y arañadas por el viaje, con el sueño roto y pegado al rostro. Allí le esperaba una pequeña nación improvisada de 800 mil refugiados en busca de acomodo y un laberinto de techos de plástico coloreados por la comunidad internacional.
Mugunga llegó a ser poco menos que un ensayo de dolor en el que verdugos y víctimas se mezclaban por igual entre la espera gratuita de media mañana y la dieta afilada de media tarde. Mugunga llegó a ser una prisión sin espacio donde la muchedumbre disputaba por una sombra, las milicias ponían precio al miedo y la ayuda humanitaria se llegaba a revender hasta por dos y tres veces. Mugunga sólo exportaba compasión a los ojos del pasajero de ida y vuelta.
Pero lo ojos de Balthazar no lo habían visto todo. De regreso a casa, y tras una vuelta dificultada por las cruces de madera a ambos lados del camino, no tardaría en dar con los restos de una familia que ya había dejado de preguntar por él. Tan sólo podría abrazarse a tres de sus siete hermanos, a una madre afónica de dolor y a un padre condenado por su participación en las famosas matanzas que nos obligaron a buscar el nombre de Ruanda en los mapas.
A Balthazar Ruzinga le seguían sobrando razones para estar reñido con la vida; todo el horror del mundo seguía prendido a sus pupilas.
Texto e imagen: Javier Rodríguez
JOAO PEDRO COMBO, REFUGIADO DE ANGOLA
Con el miedo atado a las zapatillas. Así bajaron las autoridades españolas a Joao pedro Combo del mercante chino “City Kiim”. Los otros cuatro polizones que formaban parte de la carga no corrieron la misma suerte. Tuvieron que esperar a bordo la visita del forense para certificar sus defunciones.
Joao nació en Angola hace 32 años y su historia es una tragedia de tantas. Se ha pasado la vida huyendo de unos y de otros. A los 7 años ya tuvo que echar a correr con su familia al refugio de Lundu Matende, en Congo Brazaville, huyendo de las convulsiones que asolaban a la que fuera colonia lusa. Un año después regresaba a su hogar e iniciaba sus estudios elementales. Por aquel entonces las aspiraciones de su madre pasaban por tener un sacerdote en la familia y todos los ojos estaban puestos en el joven Joao. De nuevo, la adversidad. Días antes de poner los pies en el seminario, el Frente de Liberación del Enclave de Kabinda (FLEK) se hacía con sus servicios colgándole un Kalasnikov al cuello. Tras unos años de acuartelamiento guerrillero, pudo dejar atrás el fusil y las botas para buscar refugio nuevamente en el país vecino. Esta vez de alquiler y con vistas al puerto, en uno de los contenedores que ponen la nota de color a los astilleros congoleños.
Desde allí probó fortuna en varios oficios, incluido el de buscador de oro y el de traficante de gasolina en las fronteras cercanas. También intentó comprar un visado para Canadá, pero hay precios que no están al alcance de cualquiera. En la primera oportunidad que se le presentó, Joao no dudó en aprovechar la oscuridad para subirse a un viejo cascarón de mar en la bahía de Point Noir, con una garrafa de 5 litros de agua a los hombros y una Biblia prestada en uno de sus bolsillos.
Joao se vio obligado a pasar 16 días oculto entre la carga del mercante en posición fetal, sin cambios de postura y sin más distracciones que las páginas del Nuevo Testamento. Joao jamás supo de la compañía de sus vecinos aplastados por el desplazamiento de la mercancía a escasos metros de su ratonera y apenas tuvo valor para mirar sus cuerpos el día que logró poner fin a su odisea. Ahora pavimenta las calles de la ciudad de Santander allá por donde camina, la sonrisa ha vuelto a dibujar parte de su semblante y bajo la sombra del gorro rapero que luce dice haber encontrado el paraíso del que tanto había oído hablar. Joao Pedro Combo sigue rezando cada día y no se cansa de repartir agradecimientos. Tampoco le preocupa ya lo que va a comer al día siguiente.
Texto e imagen: Javier Rodríguez
CARMELA CAAN, REFUGIADA GUATEMALTECA
Pegando patadas en la tripa de su madre. Así llego Carmela Caan al refugio mexicano de Chiapas en noviembre de 1991. Desde los inicios de 1980, miles de guatemaltecos fueron obligados a emprender los caminos del éxodo y buscar cobijo en el país vecino. La familia Caan llegó al refugio tras huir de las matanzas colectivas y de la ola de terror que venía imponiendo la autoridad en Guatemala; treinta años de contienda civil que propiciaron, además, el desplazamiento interno de un millón de indígenas mayas y la muerte de más de 100 mil personas.
Con el paso del tiempo la mayoría de los refugiados regresaron a Guatemala. Pero a pesar de no tener ninguna pertenencia, Carmela y los suyos decidieron establecer en México su hogar a la espera de un lote de tierra fértil. Carmela es guatemalteca por sangre y mexicana por derecho de suelo, reconocimiento que el país azteca viene dando a las familias con hijos nacidos en el exilio e interesadas en acogerse a la naturalización por la vía privilegiada. Los Caan tampoco tenían mucho donde elegir, ya que la aldea de donde les sacaron ya no queda nada en pie. La política de tierra arrasada que se impuso en Guatemala les dejó sin techo y sin huerto para cultivar.
A sus 14 años, Carmela no ha conocido más que el exilio. Jamás ha visto un retrato de sus abuelos y apenas ha conseguido levantar sus dulces ojos por encima de los barracones de madera y letrinas provisionales suministrados por la ayuda internacional. Aun así, Carmela exporta dignidad. Para ella, México es su casa grande. Un trozo de mapa en el que a ella y sus hermanos han aprendido a leer y escribir y a su padre le han sobrado haciendas para destripar terrones y ganarse unos pesos.
Al principio, Carmela tenía un pie en cada país. Ahora pisa firme con los dos en su México “lindo y querido”.
Texto e imagen: Javier Rodríguez



